[17/02/2010] Nuestro río era un pobre río, más piedras que agua. Y nadie había pescado allí un solo pez. Pero tenía un nombre importante Al-wadi. Y a ese río íbamos a lavarnos las manos y los pies y, de viernes en viernes, entrábamos en las aguas escasas y jugábamos a los piratas o a los invasores, reviviendo de nuevo lo que habíamos visto en el cine o leído en alguna revista. Lo hacíamos los viernes porque ningún hombre mayor pasaba por allí. Todos estaban en el patio de la mezquita o en el café de Talub o escuchando las revelaciones de Ibn Sina, el derviche. Así que los viernes teníamos el río para nosotros. Era un regalo de los ángeles.
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